Sin gas y sin salida: el calvario de quedarse sin combustible en Parral

Antes, el alivio estaba a la vuelta de la esquina, a cualquier hora del día o de la noche. Ahora, la incertidumbre gobierna.

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Las agujas del reloj marcan las 8:00 de la noche. Afuera, el aire de la ciudad se siente frío, cortante, como una advertencia silenciosa. En medio de esa penumbra, un hombre apura el paso con un tanque de gas en su vehículo, la desesperación marcada en su rostro.

El día había sido largo; el trabajo, agobiante. Al llegar a casa, la rutina parecía marchar sin sobresaltos, hasta que el inconfundible sonido del fogón apagándose con un resoplido rompió la tranquilidad. El gas se había acabado.

—No pasa nada —pensó el hombre—. Voy rápido a la gasera.

Pero la ciudad, que alguna vez ofreció soluciones a cualquier hora, ahora se convirtió en un escenario de puertas cerradas y miradas hostiles.

Llegó primero a Z Gas. Las puertas estaban ya entornadas y un hombre, con el rostro curtido por la fatiga del día, subía a su troca.

—¡Por favor, solo un tanque! —rogó el cliente.

El dependiente lo miró con el ceño fruncido, como si aquellas palabras fueran un insulto.

—¡Ya cerramos! —gritó—. ¡El corte está hecho!

El hombre insistió, pero la respuesta fue aún más dura, una tormenta de gritos y reproches. Parecía que su necesidad era un agravio personal para aquel trabajador cansado que solo quería marcharse.

Con el enojo ahogándole el pecho, el hombre condujo apresurado hasta Servi Gas que se ubica en la avenida Tecnológico. Eran las 8:05. Un empleado se asomó apenas por una rendija de la puerta.

—¿Gas? —preguntó el cliente, con el alma pendiendo de un hilo.

—¡Ya no! Aquí el último cliente se atiende a las 7:45 —espetó el trabajador, sin miramientos.

—¡Pero son solo cinco minutos! —insistió el hombre.

—No importa, ya está cerrado.

La puerta se cerró de golpe y el eco del cerrojo retumbó como un portazo en el alma.

La frustración es una sombra que se extiende y se enreda en el pensamiento. Es como navegar en un mar embravecido, remando con fuerza hacia la orilla y descubrir, al llegar, que la corriente te arrastra de nuevo al centro del océano. Así se siente quedarse sin gas en Parral. Antes, el alivio estaba a la vuelta de la esquina, a cualquier hora del día o de la noche. Ahora, la incertidumbre gobierna.

Las familias se han visto obligadas a inventar estrategias: algunos madrugan para cerciorarse de que el tanque no esté vacío; otros guardan con recelo un pequeño cilindro de reserva, como quien atesora un puñado de monedas en tiempos de escasez. Y los más desafortunados —aquellos que descubren la falta de gas minutos antes de bañarse para ir al trabajo o mientras preparan la cena para sus hijos— quedan atrapados en una suerte de limbo, donde el mal humor, la impotencia y la desesperación son sus únicos compañeros.

El hombre regresa a casa con el tanque vacío y el pecho lleno de rabia. Sabe que la noche será larga y el agua fría, un castigo injusto por el simple hecho de no haber previsto que el gas se acabaría en el peor momento.

La ciudad duerme tranquila, pero en muchas casas se siente el frío del agua que nunca llegó a calentar. En cada una de esas viviendas hay un hombre o una mujer preguntándose por qué la vida, que ya de por sí es dura, se empeña en poner más obstáculos justo cuando el cansancio ahoga y el tiempo apremia.